Pensamientos, emociones y relaciones en la adicción 

Hablar de la adicción no es solo hablar de sustancias, consumo y dependencia. Es también entrar en un mundo interior marcado por pensamientos obsesivos, sentimientos contradictorios y una forma muy particular de relacionarse con los demás y con uno mismo, es vivir en una vida ingobernable que cada vez va a más autodestrucción, más dolor y más aislamiento. Ponernos en la piel de una persona con adicción nos permite comprender mejor sus luchas y, sobre todo, abrir caminos hacia la empatía y la ayuda real. En mi caso como profesional y adicto en recuperación, me doy cuenta de que es una manera de vivir. Ayudar, ser paciente y psicólogo clínico ya hace 23 años y mantenerme consciente, cada día en recuperación me ayuda a vivir una vida plena, no sin conflictos, pero con un estado de felicidad interesante. Cómodo, con relaciones que me nutren y con sentimiento de progreso. 

El mundo interior de un adicto 

Una persona con adicción vive atrapada en un bucle mental constante: la necesidad de consumir, la culpa por hacerlo y el deseo (muchas veces frustrado) de dejarlo. Su seguridad en sí mismo, marcada por la autoestima, la autovaloración, el autorrespeto y la autoimagen, se ve golpeada por la sensación de no tener dominio sobre su vida. Piensan “yo no sirvo”, “no puedo” o “solo así me siento bien”, lo que alimenta aún más la dependencia. El bucle continúa hasta que la vida te lleva a la cárcel, el hospital, la muerte o la recuperación. 

Sentimientos y emociones 

La adicción está teñida de emociones intensas: ansiedad, miedo, rabia, tristeza, vergüenza, impulsividad, violencia, soledad y dolor. El consumo se convierte en una vía rápida para silenciarlas, aunque sea por un rato. El problema es que, al pasar el efecto, los sentimientos vuelven con más fuerza, y la persona siente que solo repitiendo el consumo puede soportar su realidad, pero la vuelta al vacío es cada vez más rápida, el pozo sin fondo es más oscuro y el aislamiento lo va tiñendo todo de negro. 

La visión de las relaciones 

La forma en que un adicto mira a los demás está atravesada por la enfermedad: 

  • Amistad: muchas veces gira en torno a quién consume y quién apoya la conducta de autodestrucción. Las relaciones sanas se debilitan porque el adicto se siente en negación e incómodo frente a quienes le muestran la realidad. Es básico tener en cuenta que el adicto va cambiando su grupo de amigos y sus grupos de pertenencia en función de lo que consume y de cómo se va encontrando.  
  • Familia: amor y resentimiento se mezclan. Pueden amar profundamente a sus padres, hermanos o hijos, pero a la vez sienten que decepcionan y que no están a la altura, se van, vuelven, hacen cosas con sus hijos que nunca harían sobrios, rompen sus valores familiares, roban en casa y destruyen generando mucho daño y codependencia en la familia.  
  • Pareja: en las relaciones sentimentales puede aparecer la dependencia, los celos, el miedo al abandono o la búsqueda constante de alguien que “les salve”. Además, aparece en ocasiones el maltrato, la violencia y la huida. Pueden llegar a ver a la pareja, que también necesita aprender a llevar el conflicto con el adicto, como una policía, controladora, enemiga e histérica. 
  • Hijos: tal vez la herida más profunda. Muchos adictos sienten dolor y culpa por no poder ser el padre o la madre que quisieran. Su consumo les impide estar presentes, lo que incrementa aún más su sufrimiento. Hacen cosas con ellos que nunca harían en sobriedad, van a comprar drogas con ellos cuando les toca cuidarlos y se drogan también cuando están con ellos. 

Lo que esperan de los demás 

En el fondo, una persona con adicción suele esperar comprensión, cercanía y apoyo sin juicios. Sin embargo, también pueden tener expectativas poco realistas: que los demás solucionen sus problemas o que sigan confiando en ellos, aunque no cumplan sus promesas. Esta dualidad provoca choques constantes con familiares y amigos. Lo único que puede empezar a funcionar es la Recuperación, donde progresivamente, lo que se espera del otro es solo que le acompañe, la apoye y le guía, luego empezará a recuperar la confianza. Quizás más lento de lo que el adicto quiere, pero es absolutamente normal. 

Sus preocupaciones constantes 

Aunque desde fuera parezca que no les importa nada, lo cierto es que viven con miedos muy fuertes: 

  • Que los descubran. 
  • Quedarse solos. 
  • Perder vínculos importantes. 
  • El deterioro físico y mental. 
  • Ser vistos únicamente como “un adicto” y no como una persona. 
  • Volverse locos 
  • No tener para la próxima dosis 
  • El miedo a que todas las mentiras que han contado se descubran 
  • El miedo que genera la doble vida en muchas ocasiones. 
  • Luego los miedos particulares de cada adicto se aumentan de manera exponencial. 

¿Por qué siguen consumiendo? 

Porque están enfermos y no saben cómo parar. El consumo actúa como anestesia emocional durante un tiempo, luego es sólo absoluta necesidad, como beber agua. Aun cuando quieren dejarlo, el dolor interno, los recuerdos traumáticos o la incapacidad para manejar sus emociones hacen que no encuentren la salida a la recuperación. Se genera un círculo vicioso: consumo → alivio → culpa → malestar → más consumo.  

De este círculo, llega un momento que desaparece el alivio y empiezan los fondos, el “estar harto de estar harto”, la necesidad de pedir ayuda de manera clara o con mucha vergüenza puede ir apareciendo en estos momentos y la puerta de la recuperación parece que se va abriendo. 

El adicto tiene miedo a la recuperación la mayoría de las, tiene miedo al dolor, siente culpa e impotencia máxima cuando piensa en que tiene que empezar a recuperarse y eso genera mucha duda, obsesión e incertidumbre obsesiva en la mente del adicto. 

La dificultad de aceptar la enfermedad 

Aceptar que se tiene una adicción implica reconocer la pérdida de control y pedir ayuda. Y eso no es fácil. El adicto piensa en alguna de estas cosas que te señalo: 

  • El estigma social pesa mucho: nadie quiere ser señalado como “drogadicto”, aún se entiende en muchos casos que la adicción es un vicio y un tema de voluntad y ahí viene el estigma. La imagen del adicto en estos casos en la sociedad es un ser humano sobre todo vicioso y peligroso. 
  • La negación es fuerte: “yo controlo”, “cuando quiera lo dejo” “sólo tengo un pequeño problema con las drogas”. Todo mentira, pero dentro de la mente del adicto, estas razones convincentes por la auto manipulación, pero falsas se hacen cada vez más grandes para evitar afrontar. Por eso minimizan el desafío, la enfermedad negándola. Lo que le sucede al adicto, sus fondos, son lo que hace que puedan cambiar de opinión y empiecen a dejarse ayudar. 
  • El miedo a vivir sin la sustancia es real: para muchos, las drogas han sido su única compañía durante años, lo han hecho todo con la droga y como decíamos antes, uno de los miedos es dejar de consumir y sufrir, no saber vivir, entrar en depresión, ver lo que para ellos es la vida, pero los adictos que ya entran en recuperación llegan un momento que no cambian ni un sólo día de la nueva vida por un día en activo. 

 En Conclusión 

Ponernos en los ojos de una persona con adicción no es justificar su conducta, sino entenderla, empatizar y ver realmente lo que le sucede. Comprender sus pensamientos, emociones y relaciones es dar el primer paso hacia una ayuda más efectiva y humana. La adicción es una enfermedad, y reconocerlo abre la puerta a la esperanza y a la recuperación. 

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